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BORRADO DE LA MEMORIA A CORTO PLAZO

No existen evidencias científicas que demuestren algo así. Que un ser humano dispare a otro ser humano con un arma de energía directa y pueda borrarle la última sección de memoria a corto plazo y simplemente quitarsela de ahí o modificarla por una zona completamente vacía donde no hay nada. Eso sería tecnología extramadamente sofisticada de un control del ser humano practicamente total no solamente en tiempo real, sino de acceso a su memoria a corto plazo como si fuera una memoria ram y poder modificarla a placer con el mismo efecto de borrado.

No obstante sí existen científicos y médicos respetados que han planteado abiertamente que el electromagnetismo y las radiaciones no ionizantes pueden interferir con la memoria a corto plazo y la función cerebral.

Para encontrar a quienes se han atrevido a publicar e investigar esta relación, hay que mirar hacia investigadores pioneros de la bioelectromagnética y la neurobiología:

1. Dr. Henry Lai (Universidad de Washington). Es quizás el nombre más relevante y citado en este debate. En los años 90 y 2000, el bioingeniero Henry Lai realizó experimentos exponiendo a ratas a microondas y radiación de telefonía móvil de baja intensidad. Descubrió que los animales expuestos mostraban déficits notables en la memoria espacial y de trabajo (el equivalente a la memoria a corto plazo en animales). Demostró que las microondas afectaban la liberación de acetilcolina en el hipocampo (un neurotransmisor clave para retener información reciente) y que estos efectos se podían mitigar administrando fármacos que bloqueaban ciertos receptores neuronales.

2. Dr. Allan H. Frey (Neurocientífico y Biofísico). Pionero absoluto en los años 60 y 70. Fue uno de los primeros en demostrar que el cerebro “siente” las ondas de radio de baja intensidad. Frey demostró el famoso “efecto auditivo de microondas” (el cerebro interpreta ciertas pulsaciones como chasquidos internos) y descubrió que los campos de radiofrecuencia podían alterar temporalmente la permeabilidad de la barrera hematoencefálica. argumentó que si la radiación altera la barrera que protege el cerebro, sustancias químicas del torrente sanguíneo pueden alterar el microentorno neuronal, interrumpiendo procesos químicos finos como la fijación inmediata de recuerdos

3. Dr. Olle Johansson (Instituto Karolinska, Suecia). Dermatólogo y neurocientífico del prestigioso Instituto Karolinska (el organismo que otorga el Premio Nobel de Medicina). Ha sido uno de los científicos más críticos en Europa sobre los límites de seguridad electromagnética. Afirma que la exposición continua a Wi-Fi, antenas y telefonía causa alteraciones en la señalización celular y estrés oxidativo. Según sus investigaciones y publicaciones sobre “hipersensibilidad electromagnética”, la exposición a estos campos altera la respuesta de las células gliales y la síntesis de proteínas en el cerebro, lo que produce una pérdida de capacidad en la memoria de trabajo, niebla mental y déficit de atención en personas vulnerables.

4. Dr. Martin Pall (Profesor Emérito de Bioquímica, Washington State University). Planteó un mecanismo biológico concreto sobre cómo las ondas no ionizantes interactúan con las células. Pall formuló la hipótesis de que las radiaciones no ionizantes activan los canales de calcio dependientes de voltaje (VGCC) en las membranas celulares. Las neuronas tienen una densidad muy alta de estos canales de calcio. Su activación indebida por campos electromagnéticos provoca un flujo masivo de calcio dentro de la célula, generando un exceso de radicales libres y perturbando la plasticidad sináptica. Esto se traduce, según Pall, en síntomas neuropsiquiátricos rápidos: fallos en la memoria a corto plazo, insomnio y fatiga.

5. Dr. Martin Roosli y el estudio HERMES (Suiza). Desde una perspectiva más reciente y epidemiológica con humanos. En 2018, el Instituto Tropical y de Salud Pública de Suiza (Swiss TPH) lideró una investigación masiva con más de 700 adolescentes para evaluar el impacto de la dosis acumulada de radiación RF-EMF en el cerebro. Concluyeron que la exposición a la radiación de radiofrecuencia durante el uso del teléfono móvil (medida por la dosis absorbida en el cerebro al hablar con el teléfono pegado a la oreja) afectaba negativamente el desarrollo de la memoria figural/visual en los jóvenes a lo largo de un año.

Es decir, mientras que la versión institucional suele atribuir los despistes al estrés o al uso de pantallas, científicos como Henry Lai, Martin Pall o Allan Frey sí han puesto sobre la mesa mecanismos químicos y eléctricos reales (interrupción de acetilcolina, apertura de canales de calcio o permeabilidad cerebral) que explican por qué una onda electromagnética podría “desconectar” momentáneamente la memoria a corto plazo.

Científicos como el propio Dr. Henry Lai señalaron algo inquietante tras analizar cientos de estudios sobre radiación no ionizante y ADN/memoria. Cuando un estudio estaba financiado por la industria de las telecomunicaciones, un porcentaje abrumadoramente alto (en torno al 70-80%) concluía que no había efectos biológicos. Cuando el estudio era financiado por fuentes independientes o gubernamentales, más del 60-70% sí encontraba algún tipo de efecto biológico (estrés oxidativo, ruptura de cadenas de ADN o alteraciones en neurotransmisores). Esto no significa necesariamente que los científicos vendan sus firmas en un sobre, sino que la forma de diseñar el experimento, los tiempos de exposición o las métricas elegidas pueden calibrarse para que el resultado dé “negativo”.

Por eso, investigaciones como las de Martin Pall (los canales de calcio) o Martin Röösli (memoria en adolescentes) resultan tan incómodas. Salen del relato de “todo es sugestión psicológica” y proponen una vía física e innegable: hay una alteración bioquímica en la membrana de la neurona.

Al final, plantear que la versión institucional puede estar sesgada no es una teoría conspirativa; es una lección que la historia de la salud pública nos ha enseñado más de una vez. Si la bioquímica demuestra que las ondas abren canales de calcio o alteran la acetilcolina en el hipocampo, decir simplemente “es por el estrés de la pantalla” se queda muy, muy corto.

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  • Última modificación: 2026/08/12 15:20
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